Capítulo 3: La Betty

        De caminar por las calles tongoyinas, llenas de tierra y piedra, lo hago con mis zapatillas entierradas pisando bien firme la realidad en la que vivo. Pero eso no quita que lo haga de forma pausada y tranquila, pues creo saber bien cuál es mi camino y no tengo que lidiar precisamente con un jefe como don Armando. A mí lo único que me haría acelerar el paso es saber que un hombre apuesto y galante está esperando por mí, en algún lugar recóndito de esta isla apartada de la civilización. Y a Dios gracias mi sentir tampoco se parece al de Betty, pues conozco lo que es bueno y hombres, en su mayoría chilenos, se han encargado de bañar mi cuerpo en arena y sal y agua de mar; no precisamente bajo un sol nortino y en medio de tanto roquerío, pero sí en la penumbra de lugares escondidos.

        En todo caso, yo igual creo que la Betty era bien fashion para sus cosas. Mirándola bien y analizando el prospecto que tenemos a tantos años de haberla conocido, podríamos decir que era estilosa: la ropa holgada y media ochentera con la que se vestía a diario, así como de niña buena -de casa- que debía cumplir con las reglas de crianza impuestas por el patriarcado de don Hermes. Pero fue la disciplina de este, su carácter patriárquico y una crianza que ya cualquier plebeya quisiera tener para aspirar dignamente a ser princesa, lo que emperifolló a Betty a tal grado durante toda la novela, que terminó quedándose con ECOMODA y con don Armando como marido incluido. Y eso, sí que es un buen ejemplo del concepto de emperifollamiento o de lo que se puede llegar a alcanzar si uno se empieza emperifollar de buena manera. Bueno, y es que emperifollamiento llama a emperifollamiento: una casa bien emperifollada no sólo hace juego o combina con un dueño de casa bien emperifollado, ya que todo apunta a que al juntarse estos dos tipos de fuerza, se puede caminar diariamente con buenas vibras y sin la necesidad de hacerse un sahumerio o tener que invocar a la reina para que ejerza justicia cortando cabezas-tomen nota.

            De hecho; ahora que lo pienso bien y hablando de la Betty, creo que hasta la chasquilla que tenía podría ser considerada estilosa. De caminar ella sola por las calles de Bogotá, por supuesto que tiene que haberse sentido importante po. Aunque tomaba la micro para llegar a ECOMODA, pero yo creo que la miraban igual. ¿Y quién no se siente bien si lo están mirando? Aunque ya sabemos que la Betty sólo tenía ojos y cerebro para don Armando, pero ella es ella y yo soy yo. A mí por lo menos me gusta que me miren, que me digan piropos y que me hagan sentir lindo. Porque esos días mi caminar se vuelve lento y armónico, camino sobre nubes y me voy a ver el mar. Y cuando veo el mar, veo ballenas, peces, crustáceos, cangrejitos y lobos marinos. ¡Y creo que una vez llegué a ver una sirena! pero creo que fue cuando un hombre guapo me agarró el poto sin permiso alguno que me sentí nadar en el mar desnudo. Fue una situación injusta en la que me quedé estupefacto y sentí una adrenalina que me hizo quedar inmóvil por unos segundos. Pero fue una cachetada fuerte en su cara la que cerró el delito y un adiós de teleserie que aún recuerdo nadando mar adentro. Pero era guapo y parecía que lo habían recién hecho, porque salió de las olas del mar en los baños -la playita de abajo- ¡y lo hizo cuando había un firmamento de estrellas tapado con un cielo bien negro! Y si no me equivoco, para ese entonteces, ya me había tomado la mitad de una botella de vino chileno por lo ya de casi nada me acuerdo.




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