Capítulo 4: Flor

    Así como quien cocina lentejas y las come recién hechas, a mí me gusta hacer el amor bien hecho también.

    Para que las lentejas queden ricas y boten esa espumita que llena la olla en la primera etapa de cocción, las lentejas tienen que haber estado idealmente remojadas la noche anterior. Lo mismo hice yo esa noche en la que sufrí ese asalto fortuito a manos de ese desconocido engreído que me agarró el poto y que sin permiso alguno, me abrazó apresuradamente y ejerció una presión tan fuerte con su pecho contra mi pecho,  que el muy desgraciado lo único que quería era demostrarme la fuerza pesquera con la que sus brazos gruesos y fuertes remaban la mar cuando se iba a pescar.

    (…) Y es que yo ya me había comprado las botellas de vino en la botillería del centro, unos cigarros para fumar y ver las estrellas a medio andar y ya tenía elegido el tema de Marta al que le iba a dar vueltas en mi cabeza. Yo recuerdo que esa noche quería estar solo y contemplar el mar, pero de la nada apareció él: un verdadero delincuente de la mar dispuesto a todo con tal de hacerme remar.

    (…) Fue injusto. Fue una situación injusta. Fue tan injusto que ya ni siquiera me quiero acordar. Por eso yo le encuentro toda la razón a mi abuela cuando me decía que la vida no es justa para nadie. De tener un problema, la gente siempre dice de qué se queja uno si uno está en la ‘flor de la vida’. El problema es que han pasado hartos años ya, aunque todavía no alcanzo los treinta y sigo escuchando la misma frase de vez en cuando y la pena no cambia mucho; pero sí las situaciones que se van poniendo en mi camino. De pensar en la frase, yo lo único que rescato son las flores porque en Tongoy hay flores y bien lindas. Hay casas muy bonitas, flores muy bonitas en los jardines y también hay hartas flores en los caminos. Yo me quedo con esas flores. Es más lindo ver flores en los caminos, que sentir que uno está en la flor de la vida porque es preferible tener problemas y tener pena viendo flores que vivir pretendiendo que uno está feliz frente a los demás, si de verdad uno no lo está. Yo no me imagino viviendo la vida aparentando que vivo en un estado permanentemente floreado. Pero sí creo que el ver flores te puede hacer más llevadera la pena. Por eso a mí me gusta dibujar flores porque si hay un día en el tengo pena y no salgo a caminar por las pasarelas tongoyinas, al menos puedo ver mis propias flores.

    Lo mismo me pasa cuando cocino lentejas. Se me olvida la pena y me reconcilio con mi patria. No es que tantas cosas me preocupen, pero cuando veo el plato de lentejas servido sobre la mesa, vuelvo a la simpleza de la vida y agradezco a la patria por el plato de comida que me estoy sirviendo. Agradezco el ser chileno y vienen a mí la pastelera, los porotos y los garbanzos, el puré de papas, los gestos de la gente desconocida y algunos amigos, que me recuerdan que muy en el fondo los chilenos somos tiernos y bien buenos de adentro, pero nos awueonamos cuando nos toca. Y nos toca probablemente por la cizaña de una plebeya mala de adentro que estuvo merodeando por ahí.-nunca faltan. Por eso, de la cizaña yo hago aliño y elijo el orégano y el merquén de mi despensa. Y me olvido de la cucharadita de sal que le eché a la olla al estar hirviendo. 




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