Capítulo 10: entre dos cangrejos y una ballena (Parte I)

        Sentado en la arena contemplando la playa grande, fue cuando presencié el primer avistamiento de una ballena. En eso yo ya estaba acordándome de la Betty, pues mi abuela la quería mucho y siempre hablábamos harto de ella. Mi abuela la adoraba porque decía que la Betty no era como las niñas de hoy en día, que se la pasan de fiesta en fiesta y vuelven a las tantas de la mañana a sus casas y más encima no saben cocinar y con suerte saben poner la mesa. Por eso que mi abuela admiraba tanto a don Hermes porque ella decía que eso era gracias a la crianza de un hombre pulcro y de valores intachables como los que él tenía. Él siempre estaba preocupado que la Betty llegara a casa después de su trabajo; que no llegara tarde si salía con el cuartel de las feas y que su pieza estuviera ordenada y limpia porque así es como tienen las piezas las niñas buenas, que son bien criadas y que son de casa. Don Hermes se preocupó de que la Betty estudiara y sacara su título universitario y que luego tuviera un excelente desempeño laboral en ECOMODA. El que él no supiera que la Betty era secretaria de presidencia no importaba porque eso era sólo el nombre del cargo que ella tenía en la empresa; pero igual ella era la que hacía todo. Y eso también suele pasar en las empresas de renombre porque tiene que ver con los cargos administrativos y con cómo funcionan las cosas dentro de los círculos de empresarios de alto cargo y las corporaciones donde ellos se relacionan. Don Hermes se preocupaba con quién se juntaba la Betty y siempre le pedía que le hablara de las personas con las que ella se relacionaba en la empresa y en su vida diaria. Porque eso no da lo mismo y él como buen padre siempre estaba pendiente y atento en esos aspectos de su vida. Por ejemplo, se notaba que él quería harto al Nicolás. No sólo porque él podría haber sido el hijo que nunca tuvo, sino porque era muy parecido a la Betty; en la crianza, la forma de ser, etc. Y se notaba que compartían los mismos valores y los dos eran muy responsables con sus propias responsabilidades en el trabajo y los quehaceres del hogar. Y eso, es algo que te enseñan en la casa.

        Y el que la Betty se vistiera con esas faldas anchas y esas camisas y chalecos de los años ochenta no la definían como era ella como persona. Y ella era una muy linda persona. Porque el como uno se vista no importa y no hace a una persona mejor que la otra. Lo que importa es lo que uno tiene en el corazón y como decía mi abuela, lo que queda siempre son las acciones de uno; nada más. La ropa uno la cambia porque hay que verse bien y punto. No es lo esencial en esta vida. Además que ahora hay ropa en todos lados y en todos los precios. Y siempre hay rebajas y liquidaciones y días en los que las tiendas ofrecen la mejor de sus ofertas para que el público vaya y compre toda la ropa que se les da la gana. Así que nadie se puede quejar. Y vuelvo a repetir lo mismo: la Betty era estilosa y quizás hasta vanguardista porque de caminar por las calles de hoy, todos los hombres la mirarían y se darían vuelta a ver como es ella. Porque nadie tiene ese estilo que tiene ella. Sólo ella. Por eso ella es Betty la fea.

        El avistamiento de la ballena no fue nada del otro mundo, pues mi abuela ya me había dicho que en sus años mozos ella había visto ballenas, delfines, cangrejitos y peces y crustáceos todos habidos y por haber y alguna vez le había parecido escuchar el canto de una sirena. Sin embargo, igual abrí la boca del puro asombro cuando la vi y llegué a exclamar ¡viva Chile! del puro asombro porque me tomó por total sorpresa. ¡Es que nunca había visto una! Y pegó manso salto justo cuando me estaba tomado el último sorbo del café que tenía entre mis manos. A lo lejos la vi, justito frente a mí y en línea recta, hasta que después me pareció que venía nadando hacia mí y ahí sí que me dio un tiritón que me recorrió el cuerpo entero; desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Y no pasó mucho rato cuando fue un delfín el que apareció manso brinco sorpresivo dando un poquito más al lado de la ballena en el mar nadando. Era grisáceo; como quien lo hubiera pintado con tempera de un solo pincelazo corto y cargado porque de lejos pude distinguir cual majestuosa presencia. Era un plomo así como cuando uno mezcla negro y blanco para pintar las calles que te llevan a esos prados que yo siempre visitaba cuando vivía en el sur con mi abuela. ¡Y es que el delfín llegaba a brillar a lo lejos! como quien zapatero de plaza de pueblo fuera y le hubiese sacado brillo después de haber sido lustrado. Después, fueron unos cangrejitos en fila cual india salieron de la nada y pasaron frente a mí desfilando como si las glorias navales en la tele hubiese estado yo mirando. ¡Y yo su presidente! ahí sentado, viendo cual alfombra roja tendida así estiradita y bien larga y bien roja cual carmín intenso la hubiesen pintado con cual brocheta y de una sola brochada le hubieran hecho un camino extendido a cuantos cangrejitos pasaron frente a mí haciendo un solo pasito. Con cual paso bien marcadito y bien rapidito, ¡como si hubiésemos estado todos los presentes viendo cual espectáculo chileno! ¡Y ni que hubiera sido mayo! ¡El mes del mar! y yo ahí bien sentado, esperando el siguiente cuadro para ser presenciado.





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