Capítulo 7: El Lucho
Prefiero no decir aún la razón por la
que me vine y creo que tampoco quiero decir de qué parte del sur soy, pero sí
puedo decir que me vine con dos maletas desde un terminal de Santiago, bien
entonado y bien esperanzado, de que el mar de la cuarta región me iba a dar el
agua que necesitaba para pintar mi vida de colores con acuarela y tempera.
No era mucha la ropa que traía conmigo,
pues en una maleta tenía la ropa que había alcanzado a echar en un apuro
precipitado bien sollozo y la otra la había cargado con todas las pinturas que
llevaba cuando me iba a recorrer los prados del sur: esos que pintaba con un
poquitito de verde claro y verde oscuro y unos toquecitos de amarillo para
difuminar y una que otra pisquita de café para armonizar. Y es que todavía los
pinto así cuando voy a la playa grande y me siento a mirar el mar.-me quedan
bien bonitos, por si acaso. Mis pinceles los guardo en una maletita de madera,
junto con unos pañitos de cocina que me dio mi abuela poco antes de partir.
Ella siempre me decía que cocinar y pintar eran lo mismo porque de llorar, en
ambas situaciones se lloraban hartas lágrimas y por eso había que ser
precavido. Y con el ser precavido, ella se refería a que cuando pintara o
cocinara, debía tener a la mano un pañito de cocina para secar las lágrimas que
saltaran de mis ojos. Y ya ella sabía harto de cocina pues le encantaba
cocinar. De niño siempre me hacía arroz con carne al jugo. ¡Y le quedaba para
chupetearse los dedos! Y es que yo era su Lucho; su Lucho pintor; su Lucho
artista, el que la dejaba tardes sola porque se iba a pintar a los campos y la
llenaba de vida cuando me escuchaba tararear a la Marta y la Paulina.
Nunca había visitado la cuarta región,
pero mi abuela ya me hablaba de Tongoy cuando nos sentábamos a tomar onces
viendo la novela. Yo quería el mejor mar nortino para emprender mi destino, así
que no le di muchas vueltas y me digné a hacer arribo a Tongoy de la forma más
emperifollada que uno puede hacer desde el terminal de Coquimbo. Una vez que
llegué allá, tomé el taxi y me vine al tiro. Así fue como me vine: con dos maletas
y el consejo de una desconocida que me dijo que las calles de tierra de Tongoy
me darían la tranquilidad que necesitaba para escuchar las canciones que tanto
me gusta escuchar y que tanta alegría me traen cuando camino y me pierdo por
ahí. Y que serían sus olas las que sanarían mi pena de no haberle podido dar el
último adiós a mi abuela.

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