Capítulo 8: La Partida

Al bajar del taxi, me bajé en la placita del centro, frente al Tambo, pero al otro lado de la calle, por donde queda la ex hostería Gálvez. Le dije al chofer que sólo venía a Tongoy y que prefería bajarme en el centro para poder comprar algunas cosas y ver donde me podía quedar para dormir. Nunca había visitado Tongoy y la única cosa clara que tenía en mi cabeza en ese momento es que quería ver el mar y decirle a mi abuela mirando las olas, que tenía razón en todo lo que me decía cuando me retaba y que la había escuchado cuando me dijo que su sueño era volver acá y bañarse desnuda en el mar como lo hizo en antaño al amar. Y es que ella siempre decía que el amor lo conoció acá, en las olas de la playa grande y la playa socos y en uno que otro roquerío donde se ven a veces algunos botes con un chango a la deriva. 

Había viajado de noche así que cuando llegué al terminal tuve que hacer la hora bien temprano en la mañana. Ya había decidido que me vendría en taxi y no en micro, pues yo mismo me iba a dar el gusto de llegar de la forma más emperifollada que me podría haber alguna vez dado, porque quería caminar los mismos caminos de tierra por donde alguna vez caminó mi abuela. Y es que el haberme venido con una mano adelante y una mano atrás como decía ella, por una situación que aún no quiero contar, me dio el ímpetu para darme a mí mismo ese gesto de cortesía. Traía conmigo el monedero de mi abuela, que fue una de las pocas cosas que agarré después de la mansa paliza que me llegó el día de su entierro y las dos maletas que alcancé a hacer medio ensangrentado y medio mareado y desbordado en tantas lágrimas que de haber tenido un bote a mano me habría venido navegando.

Mi abuela era una mujer muy sabia y organizada. No sólo los paños de cocina que me había regalado antes de partir me han servido para agarrar las lágrimas que alcanzo a agarrar cuando cocino o pinto. Ella me enseñó a ser ordenado con los quehaceres de la casa y también a ser ordenado con mi dinero. Mi abuela era tan ordenada, que la renta que recibía siempre le alcanzaba para el mes y siempre tenía para hacer cositas ricas para la hora de once y nuca la escuché quejarse de necesitar plata. Y siempre estaba preparada para alguna emergencia que pudiéramos tener. Bajo su cama tenía una maleta hecha con una linterna, unas latas en conserva, toallas y ropa suya y mía. Y también tenía una libreta con los números de teléfono de todos sus conocidos, que guardaba en uno de los bolsillos de los lados de la maleta. Muy de vez en cuando me recordaba que de llegar ese día, que muy en el fondo ninguno de los dos quería que llegara, cualquiera de los dos tenía que sacar la maleta y llevarla para donde tuviéramos que ir. Y como le gustaba mucho cocinar y le encantaba estar en la cocina, era la cocina su lugar secreto para hablar por teléfono, cocinar, llorar y contar el dinero. Por eso, cada vez que recibía su renta, ella guardaba la plata en un monedero grande de cuero, que escondía siempre en el mismo lugar: dentro de una olla. Era una olla que nunca usaba, pues se la había regalado la señora Margarita, su mejor amiga. Mi abuela siempre decía que esa olla valía una fortuna, pues se la había regalado la señora Margarita, quien le había dado un regalo de vida porque fue con ella que conoció la amistad verdadera.

Yo era el único que sabía eso, pues de niño me había dicho que la olla grande que guardaba abajo, en el mueble de la cocina, junto con los sartenes, las pailas y las otras ollas, era la olla que le había regalado la señora Margarita para su cumpleaños número 70 y que si había una emergencia o necesitaba dinero porque ella no estaba, podía sacar lo que necesitara; con la condición de devolver la cantidad que había tomado y decirle cuando lo hiciera. Bueno, y ese día, en el que me llegó la mansa paliza, quedé botado en el piso sentado, con la espalda apoyado a la pared que da a la cocina, mirando casi de frente mi pieza y de mover mi cabeza más a la derecha, viendo los pies de la cama de mi abuela. ¡Seguro de estar esperando a algún comensal invitado, sentado en el piso del living los hubiera estado esperando! Y al despertar no vi a mis hermanos, mis primos y mi tío porque ya se habían ido. Yo lo único que puedo decir es que ese episodio en mi vida es el más doloroso que he vivido en toda mi vida. No se lo doy a nadie. Porque el que tu propia familia te de mansa paliza es lo más horrible que le puede pasar a alguien. Porque no sólo es la mansa paliza, también es el dolor de vivir la traición de tus seres queridos. Y nadie se merece vivir una cosa así; ni la peor villana a la que uno quisiera que la mamita grande le cortara la cabeza. Yo lo único que recuerdo de ese día fue haber podido llegar a mi pieza casi de un salto y haber sacado de la cómoda un montón de ropa que agarré como quien abraza fuerte a su perro, y la eché de una adentro de una maleta con la esperanza de poder salir con vida de todo eso que estaba viviendo. Entre el sollozo y el hipo que tenía por la traición conferida, agarré también la maletita de pinturas que tenía a mano y en un loco frenesí, bien pálido y tembloroso, la junté con mis pinturas y eché todo en otra maleta abierta. Luego, fui a la cocina, y en nombre de mi abuela, busqué la olla donde escondía el monedero de cuero con doscientos mil pesos adentro. 

     Con los paños de cocina que estaban colgados en la manilla del horno, agarré y sequé mis lágrimas y rememoré su crianza y su nombre; y con un hipo bien marcado y muerto de miedo por lo que estaba viviendo, salí de su casa recordando sus besos.




Comentarios

Entradas más populares de este blog

Capítulo 1: Tongoy

Capítulo 2: La Reina