Capítulo 9: Mi Abuela
Era temprano en la mañana. Creo
que llegué a eso de las diez a Tongoy. Algunos almacenes aún estaban cerrados y
había mucho silencio y corría una pequeña brisa primaveral. No tan helada como
a lo que estaba acostumbrado a esa hora de la mañana, pero fue la bienvenida
más bonita que Diosito me pudo mandar porque había llegado al mar que vio a mi
abuela amar. Era septiembre y ya habían pasado las fiestas patrias. Así que yo
traía el recuerdo conmigo de haber comido una rica carne, los choripanes que
tanto me gusta comer para las fiestas y el haber podido escuchar una última
historia contada por mi abuela. Y es que mi abuela siempre contaba una
historia o nos compartía un recuerdo cuando nos juntábamos en patota todos
juntos, incluyendo a mis hermanos, mis primos y mi tío; pero era en esos
tiempos antes de que me dieran cuan mansa paliza. Y nos reuníamos en una mesa
grande donde mi abuela era la anfitriona y nosotros sus comensales felices de
comer rico y ser atendidos.
El gusto de haberme venido de una forma emperifollada no me quitó la pena que tenía esa mañana. La pena que traía conmigo, era muy similar a la que llevaba Betty cuando se fue a Cartagena invitada por la señorita tan simpática esa que la apoyó durante ese período en el que ella se enteró de la farsa que le había montado don Armando con don Mario, por ese miedo injustificado que él tenía de que la Betty se quedara con su empresa. Esa misma pena tenía yo de no haber podido despedir a mi abuela y de haber vivido en carne propia una traición conferida por mis hermanos, mis primos y mi tío. Por eso, yo hice lo mismo que la Betty al venirme para acá a Tongoy, pero sin ninguna hada madrina que me invitara con todo pagado, como quien dice que me hubiera podido hospedar en Puerto Velero y podría haber salido solo a caminar por la playa socos a cantar ‘Desesperada’; o ‘Arena y Sol’. Y tampoco había una empresa como ECOMODA esperando por mí regresar y solucionar problemas financieros como quien dice hubiera sido criado por un hombre como don Hermes, porque yo casi recuerdos no tengo de mi abuelo, que en paz descanse. Y tampoco estaba dispuesto a hacerme un fashion emergency como la de Betty pues yo soy yo y ella es ella. Y además, yo no uso frenillos, nunca he usado y creo que jamás usaré. Y también yo sé quién soy, sé a dónde voy y tengo claro lo que no quiero para mi vida.
Cuando me bajé del colectivo con mis dos maletas, tenía claro que jamás volvería al sur. También sabía que no quería volver a ver ni a mis hermanos, ni mis primos, ni a mi tío y también sabía que seguiría pintando y que tendría que hacer algo con tal de ganar dinero y vivir como lo había estado haciendo cuando todavía vivía con mi abuela. Y también sabía que sería más difícil pues ya no iba a tener el apoyo de ella. ¡La pena de su partida ya me la había chorreado entera! ni que un balde con agua me hubieran tirado en manso ni que te aviso desprevenido, que lo único que salió de mi fue un sollozo de puras lágrimas sueltas en el bus saltando cuando me fui a Santiago y luego en el bus cuando me fui a Coquimbo. ¡Y es que remando en bote me hubiera venido por ese mar azul intenso que brilla a lo lejos cuando lo ves por la ventana pasar! ¡Y es que de una llegué! si ni cuenta me di y ya estaba aquí.
Y ya ni me acuerdo, pero de una ya estaba sentado en la playa grande con mis dos maletas, tomándome un café y pensando en esa situación angustiosa que había pasado con mis hermanos, mis primos y mi tío. Pero ellos son gente que no me entregan nada, así que no los quiero volver a ver en mi vida porque jamás voy a olvidar cual traición conferida de la que fui testigo y la cual ya no quiero más recordar. Sólo son gente que me han hecho daño, así que mejor estar lejos de ellos y no verlos nunca más. Porque así es la gente. Cuando uno menos se lo espera sacan cual daga escondida, filuda de envidia y teñida de rojo en maldad; listita ahí la tienen para ser puñalada cual clavada por la espalda, de dolor uno gritar y con pinceles después uno empieza a pintar la pena y la rabia que son razón de uno para no parar de gritar.
(…) Mi abuela era lo único que tenía, mi única familia, así que si ella no estaba en la casa, yo ya no tenía un hogar al cual llegar. Al fin de cuentas era ella quien amononaba la casa, la que la hacía ver linda y la que me hacía sacar una sonrisa gigante cuando dejaba los campos y me iba de regreso y me daba un contento que me hacía pegar brincos desde la esquina de nuestro pasaje hasta la reja. Y también me daba un regocijo bien sonoro y bien exagerado cuando me sentaba a la mesa a tomar el té. Ese té que me servía en un tazón grande y bien floreado, como todo el juego de loza y de tazas que tenía en su cocina. Pero ese tazón en el que me servía el té era mío y eso mi abuela ya me lo había hecho saber desde que yo era un niño y me lo ponía en la mesa cuando tomábamos once y veíamos la novela y después el noticiario. Había un puesto en su casa que yo siempre usé. Era el puesto en el que siempre me sentaba y donde me dijo que siempre me sentaría. Porque mi abuela me dijo que ése siempre sería mi lugar en su mesa; que yo siempre me sentaría ahí. Porque ella era mi abuela y yo era su nieto y siempre íbamos a estar juntos.-eso siempre me decía ella.

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